Encontré un estacionamiento cerca de un parque donde la policía no patrullaba mucho por las noches. bajaba el asiento trasero, me cubría con una manta delgada y trataba de dormir, pero el frío se filtraba por las ventanas. Los ruidos de la calle me mantenían despierto. Cada hora que pasaba despierto era una hora pensando en lo absurdo de mi situación. Había dedicado 12 años a cuidar a alguien. Había sacrificado mi carrera, mi futuro, mi estabilidad. Y ahora estaba aquí sin hogar, sin dinero, sin nada.
Las palabras de Verónica resonaban en mi cabeza. Pobrecito Horacio, desperdició su vida. Tal vez tenía razón. Tal vez fui un idiota. Busqué trabajo, cualquier trabajo. Fui a estudios de arquitectura con mis viejos portafolios impresos, ya amarillentos y desactualizados. Lo sentimos. Buscamos a alguien con experiencia en software de diseño actual. Fui a tiendas, restaurantes, almacenes. Experiencia reciente en servicio al cliente. Número Ah, hasta en trabajos de construcción me rechazaron. Amigo, necesitamos gente joven, fuerte. No ofens, pero tú te ves cansado.
Tenían razón. Me veía destruido. Mis $500 se divertían. Gasolina, comida barata. Uso ocasionalmente baños públicos para asearme. En tres semanas me quedaban $10. El pánico comenzó a instalarse frío y permanente en mi pecho. El hambre se convirtió en mi compañera constante. No el tipo de hambre que sientes cuando se te olvida almorzar. El hambre real, esa que te retuerce las tripas, que te quita el sueño, que te hace mirar los botes de basura cerca de los restaurantes con una desesperación que jamás creí posible.
Compré barato, el más económico que encontré, 80 centavos la bolsa. Comía dos rebanadas en la mañana, dos en la noche, a veces solo una de cada vez para estirar el dinero. Tomaba agua de las fuentes públicas. Me lavaba en los baños de gasolineras con jabón barato y toallas de papel. Mi reflejo en esos espejos sucios me asustaba, ojos hundidos, barba crecida y descuidada, ropa arrugada que olía a humedad porque dormía con ella puesta. Me estaba convirtiendo en uno de esos hombres invisibles que la gente aparta la mirada para no ver.
Mi auto empezó a fallar. El motor tosía cada vez que lo encendía. Una mañana no arrancó. Tuve que pedir ayuda a un mecánico en un taller cercano. Él lo revisó y negó con la cabeza. La batería está muerta y tienes problemas en el alternador. También te va a costar como $300 arreglarlo. Me quedaban 95. ¿Y si solo cambio la batería? Tal vez te dure un mes, dos si tienes suerte. Pero el alternador va a fallar igual. No tenía opción.
Gasté en una batería usada. El mecánico me hizo un descuento por lástima. Lo vi en sus ojos. Suerte, amigo. Vas a necesitarla. $5. Eso era todo lo que me quedaba en el mundo. 5 entre yo y la calle completa. Seguí buscando trabajo, pero ahora era peor. Me veía como lo que era. Un hombre desesperado al borde del colapso. Los gerentes me miraban con desconfianza. Dirección actual. Dudaba. daba la dirección de la casa de Graciela, aunque sabía que Verónica ya la había vendido.
Teléfono de contacto. El mío estaba a punto de ser cortado porque no había pagado la factura. Las entrevistas duraban 3 minutos. Siempre terminaban con la misma frase. Te llegaremos. Nunca llamaron. Una noche, estacionado en mi lugar habitual vi algo que me rompió. Una familia de tres personas viviendo en una camioneta dos espacios más allá, padre, madre y una niña de tal vez 7 años. Los vi comer cereales secos de una caja compartiendo una sola botella de agua.
La niña se reía de algo que su padre había dicho. Se reía. A pesar de todo, esa familia encontraba la manera de reír. Yo no podía recordar la última vez que había sonreído. Me sentí morir por dentro. Esto era lo que esperaba. Vivir así indefinidamente, deteriorarse lentamente hasta convertirme en una estadística más. Consideré vender la caja. Era lo único que tenía con algún valor potencial. Madera antigua, grabados hechos a mano. Tal vez un anticuario me daría algo por ella.
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