Quería descansar. Quería poder llorar sin tener que levantarme en dos horas para darle medicamentos a alguien. Llegué temprano. Verónica y Karina llegaron juntas. Media hora tarde, como siempre. Verónica llevaba un traje color marfil que gritaba dinero. Karina tenía puesto un vestido color perla con zapatos que hacían clic clic clic contra el piso de mármol. Ni siquiera me saludaron. Se sentaron del otro lado de la mesa de conferencias, revisando sus teléfonos, hablando en voz baja entre ellas. Mauricio entró con una carpeta gruesa y un maletín de cuero.
Su expresión era ilegible. Gracias por venir. Procedamos. Abrió el testamento, comenzó a leer. La empresa familiar valuada en 8 millones de dólares para Verónica, cinco propiedades comerciales en la capital más una cuenta de inversión con 3,200,000 para Karina. Joyas, obras de arte, una colección de antigüedades divididas entre ambas. La casa donde había vivido y cuidado a Graciela durante 12 años. También para Verónica. Yo escuchaba distante, como si todo esto le estuviera pasando a otra persona. No sentía enojo, no sentía sorpresa, solo un vacío profundo y frío.
Mauricio hizo una pausa, tomó aire y para Horacio, esposo de mi difunta hija Celia, levanté la mirada. Verónica y Karina también. Había algo extraño en la pausa de Mauricio, algo incómodo. Le dejo la caja de madera que está en mi habitación junto a la ventana. El silencio duró exactamente 3 segundos. Después estalló la risa. Verónica se rió tan fuerte que tuvo que taparse la boca. Karina se dobló sobre la mesa, sus hombros sacudiéndose. Una caja. En serio.
Verónica apenas podía hablar entre carcajadas. Ay, Dios mío. Mamá sí que tenía sentido del humor. Mauricio no se rió. Me miró directamente y por un segundo fugaz vi algo en sus ojos. ¿Compasión, pena? No lo sé. Pero apartó la mirada rápidamente y continuó con los trámites legales como si nada. Verónica se limpió las lágrimas de risa con un pañuelo. Pobre Horacio, 12 años cuidando a mamá para terminar con una caja vieja. Espero que al menos tenga valor sentimental.
Karina añadió todavía riéndose. Tal vez tiene fotos antiguas o cartas de amor. Qué romántico. Se miraron entre ellas y estallaron en carcajadas otra vez. Yo solo miraba mis manos. Tenía las uñas rotas de tanto trabajo, cicatrices de quemaduras menores por cocinar apurado, callos en las palmas, manos de un hombre que había trabajado hasta quebrarse. Y ahora esas manos no recibirán nada. Mauricio Carraspeó con fuerza. Si me permiten continuar. Las risas se apagaron gradualmente. Firmamos documentos. Verónica y Karina firmaban con entusiasmo, sonriendo, preguntando detalles sobre transferencias bancarias y fechas de posesión de propiedades.
Yo firmé donde me dijeron que firmara, sin leer realmente, sin importarme. Cuando terminó todo, Verónica se puso de pie, alisó su traje y me miró por primera vez en toda la reunión. Horacio, necesitamos que desocupes la casa lo antes posible. Voy a ponerla en venta. Te doy dos semanas. Es generoso. Considerando generoso. La casa donde había vivido 12 años. La casa donde Celia había crecido. La casa donde Graciela había muerto en mis brazos. Dos semanas para borrar todo eso.
¿Y a dónde se supone que voy? Mi voz salió más ronca de lo que esperaba. Verónica se encogió de hombros. No lo sé, Horacio. Supongo que tendrás que encontrar algo. Hay apartamentos baratos en las afueras. O tal vez puedas quedarte con algún amigo mientras te organizas. Amigos. Hacía años que no tenía tiempo para amigos. Todos se habían alejado cuando mi vida se convirtió en un ciclo interminable de pañales y medicamentos. Podríamos darte algo de dinero para ayudarte.
¿Qué te parece 000? para que arranques. Ella añadió sin levantar la vista de su teléfono. Ella acababa de heredar más de 3 millones. Verónica la miró sorprendida. Karina, no seas exagerada. Con 500 está bien. 500. Me ofrecían $00 después de 12 años. Mauricio intervino, su voz controlada pero tensa. Señoras, tal vez podríamos discutir esto en otro momento. Horacio acaba de perder a alguien muy cercano. Verónica lo silenció con una mirada. Mauricio, esto no es tu problema, es un asunto familiar.
Leave a Comment