Dicen que el instinto de proteger a un hijo nunca desaparece, sin importar cuántos años pasen.
Me llamo Elena, tengo poco más de cincuenta años y vivo en un tranquilo barrio residencial junto a mi esposo, Roberto. Llevamos más de veinticinco años casados y tenemos un único hijo, Javier, quien siempre ha sido el centro de nuestro mundo.
Aunque Javier ya tenía veintidós años y estaba terminando sus estudios universitarios, seguíamos manteniendo una relación muy cercana. O al menos eso creía yo.
Todo cambió una noche cualquiera.
Roberto y yo estábamos descansando en la sala cuando sonó el teléfono.
—¡Mamá, papá, tengo una gran noticia! —anunció Javier con entusiasmo.
—¿Qué ocurre? —pregunté sonriendo.
—Conocí a alguien. Se llama Daniela y es increíble. Llevamos tres meses juntos y… bueno… le pedí matrimonio.
Hubo un silencio absoluto.
—¿Qué dijiste? —pregunté.
—¡Que nos vamos a casar!
Miré a Roberto. Su expresión reflejaba exactamente mi sorpresa.
—¿Comprometidos después de tres meses?
—Sí. Y queremos visitarlos este fin de semana para cenar.
Acepté de inmediato, aunque por dentro las dudas comenzaron a multiplicarse.
Durante todos sus años de universidad, Javier jamás había mencionado una novia. Ni una fotografía, ni una anécdota, ni una pista. Y de repente estaba comprometido.
Algo no encajaba.
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