Tres días después nos casamos en un juzgado.
Fue una ceremonia sencilla.
Sin música.
Sin invitados.
Sin celebración.
Solo nosotros, un funcionario y un pequeño ramo de flores comprado durante el camino.
Cuando firmamos los documentos, Alejandro tomó mi mano.
—La transferencia del dinero se realizará esta misma tarde.
Por primera vez en mucho tiempo sentí un pequeño alivio.
Pensé que lo peor había terminado.
Estaba equivocada.
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