Se desabrochó el cuello de la camisa, sintiendo que por primera vez en años podía respirar. Había detonado una bomba nuclear en su propia vida, pero no sentía arrepentimiento. Sentía urgencia. presionó el intercomunicador de su escritorio. “Vargas, en línea, señor”, respondió la voz metálica del jefe de seguridad al instante. “Fabiola se fue. Abandonó la propiedad hace 2 minutos en un taxi, señor. Los chóeres tenían órdenes de no llevarla. Está histérica. Los abogados de su padre ya están inundando nuestras líneas, amenazando con demandas penales y bloqueos cautelares.
Ignóralos. No me importan las demandas. Quiero que localices al mejor equipo de neumología pediátrica de Monterrey. Cómprales el tiempo. Diles que les pagaré el triple de sus honorarios anuales. Prepara el helicóptero en el techo de inmediato. Vamos a ir al cerro. Voy a sacar a Nayeli y a Dante de esa casa de lámina esta misma noche. Quiera ella o no, señor. El protocolo de extracción. El sonido estridente del teléfono celular personal de Héctor interrumpió a Vargas. Héctor miró la pantalla.
Era un número desconocido. Su corazón dio un vuelco antinatural. Un escalofrío de puro terror le recorrió la nuca, contestó llevando el aparato a su oreja con manos temblorosas. Bueno, al otro lado de la línea no hubo un saludo, solo el sonido caótico de alarmas médicas, llantos lejanos y voces gritando en un eco esterilizado. Y luego la voz de ella rota, desgarrada. Totalmente destruida. Héctor, soylozó Nayeli. Su voz era un hilo de desesperación pura. Héctor se puso de pie de un salto, tirando la silla de cuero hacia atrás con violencia.
Nayeli, ¿qué pasa? ¿Dónde estás? Ayúdame, por favor. Te lo ruego, Héctor, ayúdame”, suplicaba Nayeli, arrastrando las palabras entre lágrimas incontrolables. El orgullo que había mantenido intacto en el callejón había desaparecido por completo. “Ya no respira, Dante, ya no respira.” El mundo entero se detuvo para Héctor Villalobos. Las paredes de su lujoso despacho parecieron cerrarse sobre él. “¿Qué quieres decir con que no respira? Habla claro, Nayeli. ¿Dónde demonios estás? En el hospital general público, el de la zona centro, jadeaban a Yelli apenas pudiendo formar las oraciones.
El medicamento, la basura que reciclé estaba contaminada. Héctor hizo una reacción alérgica masiva. Sus pulmones colapsaron. Se me muere en las manos, Héctor. Se me muere mi niño. No dejes que se muera, sea. Rugió Héctor, sintiendo que le arrancaban el corazón del pecho. Corrió hacia la puerta del despacho. Estoy en camino. Dile a los doctores que aguanten. Voy a trasladarlo a mi clínica privada ahora mismo. No hay tiempo para traslados, gritó Nayeli, su voz ahogada por el pánico.
Está intubado, pero el ventilador del hospital no funciona bien. Necesita pulmocalm B, intravenoso puro, una dosis de choque ahora o su cerebro dejará de recibir oxígeno en 15 minutos. No tienen ese medicamento aquí, es demasiado caro para un hospital público. Héctor se congeló en el pasillo de su mansión. Pulmo calme. Su propio medicamento, el que él mismo había ordenado fabricar y encarecer. Su hijo estaba muriendo asfixiado porque el hospital de los pobres no podía pagar la cuota impuesta por el padre de la criatura.
La ironía era una tortura física, sádica y letal. Escúchame, Nayeli. Mírame a los ojos en tu mente. Dante no se va a morir hoy. ¿Me escuchas? Voy para allá con las malditas ampolletas. Dile a los médicos que lo mantengan vivo con masaje cardíaco si es necesario. Llegaré antes de 15 minutos. Héctor cortó la llamada sin esperar respuesta. Corrió por los pasillos de mármol de su casa como un loco, saltando los escalones de tres en tres hacia la azotea.
Presionó el intercomunicador de su reloj satelital. Vargas, cancela el equipo médico. Dile al piloto que encienda los motores del helicóptero. Ya, señor. El helicóptero está listo, pero el espacio aéreo. Al el espacio aéreo. Llama a los laboratorios centrales de la empresa en el parque industrial. ordena que bajen al elipuerto tres cajas de pulm intravenoso puro. Vamos a aterrizar, recoger los viales y volar directamente al techo del Hospital General Público. Hubo un silencio de 2 segundos en la línea.
Un silencio que a Héctor le pareció una eternidad letal. “Señor, tenemos un problema grave”, respondió Vargas. La voz del exmitar, siempre estoica, ahora sonaba tensa y urgente. No hay problemas hoy, Vargas. Mi hijo se está muriendo. Ordena a los laboratorios que saquen el medicamento a la calle. No puedo, señor, y usted tampoco. Héctor empujó la pesada puerta de acero que daba a la azotea. El viento violento de las aspas del helicóptero lo golpeó en el rostro, pero las palabras de su jefe de seguridad lo paralizaron en el umbral.
¿Qué estás diciendo, Vargas? Yo soy el presidente de esta empresa. Ya no, señor, respondió Vargas sobre el ruido de las turbinas. Los abogados de la familia Mendoza actuaron más rápido de lo que pensamos. Acaban de interponer una orden de restricción federal. Como usted congeló los activos compartidos sin una orden judicial, Fabiola convenció a un juez de guardia de que usted está sufriendo un episodio de inestabilidad mental e intentando sabotear la fusión. El corazón de Héctor latió con tanta fuerza que amenazó con romperle las costillas.
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