Esa noche fingí estar dormido en casa.
Cerca de las diez escuché a Elena hablar por teléfono en la cocina.
—Ricardo… ¿por qué pusiste ese resultado en el informe?…
—Sí, 99,9%… ya lo sé…
—Yo sé quién es el padre… no necesito prueba…
—Si Víctor lo descubre, todo se acaba.
El mundo dejó de girar.
Luego dijo algo peor:
—Víctor todavía nos sirve. Cuando cierre su negocio… veremos.
Veinticinco años.
Nuestro hijo menor tenía veinticinco.
La matemática era brutal.
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