La puerta se abrió.
Isabela cambió su expresión instantáneamente. De depredadora a esposa preocupada en menos de un segundo.
Era la enfermera de turno, Gloria, una mujer de cincuenta y tantos años que había sido particularmente amable con Isabela.
— ¿Cómo está, señora Navarro?
— Igual — respondió Isabela, con la voz temblando perfectamente, sin cambios —. Los doctores dicen que tal vez nunca…
No terminó la frase, solo dejó que las lágrimas cayeran.
Gloria puso una mano en su hombro.
— Tenga fe, los milagros pasan.
— Lo sé. Es solo que es tan difícil ver al hombre que amas así… tan indefenso.
Diego sintió náuseas, pero mantuvo su respiración regular. Dieciséis respiraciones por minuto, exactamente lo que el ventilador mecánico dictaba.
— ¿Necesita algo? — preguntó Gloria.
— Un café, ¿agua?
— No, gracias. Solo quisiera un momento a solas con él.
— Por supuesto. Voy a estar en la estación de enfermeras si me necesita.
Gloria salió. La puerta se cerró con un clic suave.
Isabela esperó diez segundos, veinte, asegurándose de que estaban realmente solos.
Luego sacó su teléfono.
— Soy yo — dijo cuando alguien contestó —. Sí, todavía en coma. Los doctores no esperan cambios.
— No, no hay nadie más. Su madre murió hace años. No tiene hermanos, solo el niño. Exacto. Santiago, siete años. Controla el sesenta por ciento de la compañía en fideicomiso hasta que cumpla dieciocho.
— Lo sé. Por eso tenemos que ser pacientes.
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