Había despertado hacía tres días, a las 4:47 de la madrugada, según el reloj digital que podía ver apenas con una rendija microscópica de su ojo izquierdo, sin que nadie lo notara.
Despertó al oír una conversación que nunca debió llegar a sus oídos.
— ¿Cuánto tiempo más? — preguntó Isabela. Ya no era el tono dulce y preocupado que usaba delante de los médicos. Era frío, calculador, casi impaciente.
— Los doctores dicen que podrían ser semanas… meses… o nunca — respondió una voz masculina joven.
— No tenemos meses. El testamento entra en vigor si está incapacitado más de seis meses. Necesito que muera antes de eso.
El monitor cardíaco de Diego aceleró ligeramente: de 68 a 74 latidos por minuto.
— Cálmate — dijo el hombre—. Nadie está mirando los monitores ahora, pero tienes que controlar tus emociones o vas a levantar sospechas. El niño Santiago está con la nana en la casa, no sabe nada.
— Bien, mantenlo así. Y recuerda: cuando Diego finalmente muera, tú eres solo el chófer que me ha estado consolando en mi dolor. Nada más. ¿Entendido?
En ese instante, Diego tomó la decisión más difícil de su vida.
No abriría los ojos. No hablaría. No daría ninguna señal de que estaba consciente.
Porque si Isabela descubría que podía oírlo todo, él estaría muerto antes del amanecer.
Así que permaneció inmóvil, paralizado por elección y no por el daño cerebral, escuchando cada palabra que se decía a su alrededor. Y lo que escuchó durante los siguientes tres días le heló la sangre hasta los huesos.
Ahora, cinco días después del supuesto accidente, Isabela estaba sola con él en la habitación.
Los médicos habían salido hacía veinte minutos. Las enfermeras estaban cambiando de turno. Era el momento perfecto.
El momento en que ella bajaba la máscara.
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