Han pasado tres años desde aquel día.
Mateo está sano y lleno de proyectos.
Valeria terminó la universidad.
Su madre volvió a tener horarios normales de trabajo.
Y cada domingo, Valeria sigue visitando la pequeña casa blanca.
Ahora pertenece a Laura, pero ella siempre le deja abierto el porche.
Valeria se sienta en la mecedora favorita de Don Ricardo y le cuenta cómo va su vida.
Le habla de Mateo.
De los estudios.
De los nuevos sueños.
Y algunas veces, cuando el viento atraviesa los árboles, casi puede escuchar su voz.
—¿Cómo está tu hermano?
Entonces sonríe.
Porque ahora puede responder exactamente como él siempre quiso.
—Está muy bien, abuelo.
Y en el fondo de su corazón, siente que Don Ricardo ya lo sabe.
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