En este contexto, era vista inequívocamente como un emblema de conocimiento agudo y protección constante. Ver una lechuza antes de una batalla era la confirmación de que la victoria estaba asegurada.
En marcado contraste, en tradiciones más esotéricas como la celta y la maya, la aparición repentina de una lechuza no se tomaba a la ligera; podía ser tomada como un presagio innegable de cambios radicales, eventos trascendentales o incluso la proximidad de la muerte.
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