No es que yo no quiera a la familia de mi nuera. No se trata de rechazo ni de desprecio. Es simplemente una cuestión de sentido común. Treinta personas implican ruido, gastos, desgaste, falta de privacidad. Implican que alguien siempre esté incómodo. Y ese alguien, claramente, sería yo, en mi propia casa.

Durante varios días le di vueltas al asunto. Hablé con amigos, con otros familiares. Algunos me dijeron que cediera, que no valía la pena pelear por eso. Otros, en cambio, me dijeron algo que me hizo reflexionar profundamente: “Si no pones límites ahora, nunca los pondrás”. Y tenían razón.
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