Entonces llegó la aclaración. No eran pocos. Eran alrededor de 30 familiares. Treinta. Personas que yo apenas conocía, algunas ni siquiera de vista, planeando quedarse en una casa que no fue pensada para convertirse en un hotel familiar ni en un centro vacacional improvisado. En ese momento sentí una mezcla de sorpresa, incomodidad y, para ser sincero, molestia.

Mi hijo hablaba como si ya todo estuviera decidido. Mencionaba quién dormiría en qué habitación, cómo se organizarían, incluso daba por hecho que yo no tendría ningún problema. Lo escuchaba y sentía que la casa ya no era mía, que de alguna forma había perdido el control de algo que me había costado años conseguir.
Leave a Comment