La costumbre de orar por los difuntos no es exclusiva del cristianismo. Ya en el Antiguo Testamento, el segundo libro de los Macabeos (12, 44-46) menciona que «es un pensamiento santo y piadoso rogar por los muertos para que sean librados de sus pecados». Los primeros cristianos retomaron esta tradición y la integraron en la celebración eucarística.
Escritores cristianos de los primeros siglos, como Tertuliano y san Agustín, dan testimonio de la práctica de ofrecer la Eucaristía por los fallecidos. San Agustín, en sus Confesiones, relata cómo su madre, santa Mónica, pidió antes de morir que la recordaran en el altar del Señor.
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