Esperanza palideció por primera vez desde que habían llegado las autoridades. Sus ojos grises se llenaron de algo que podría haber sido miedo. También tengo esto. Joaquín mostró una fotografía tomada con teleobjetivo. Es del día del funeral de Adriana. Miren la expresión en el rostro de Esperanza. La fotografía mostraba a una esperanza de 22 años vestida de negro, pero con una sonrisa apenas perceptible en los labios mientras observaban bajar el ataúdana.
“Usted estaba feliz”, exclamó Camila, “feliz de haber matado a una mujer inocente. Adriana iba a arruinar todo”, murmuró Esperanza como si hablara consigo misma. Ricardo padre era débil, se dejaba manipular por cualquier falda bonita. Yo tenía que proteger el patrimonio familiar.
El fiscal Mendizábal se acercó a Esperanza con la grabadora en la mano. Señora Mendoza, ¿está confesando que asesinó a Adriana Morales en 1985? Hice lo que tenía que hacer y a Isabela Ramírez en 1998 lo mismo. Y a la niña Gabriela, hermana de su hijo. Por primera vez la voz de esperanza se quebró ligeramente. Gabriela. Gabriela era diferente.
Era solo una niña, pero tenía los ojos de su madre. Cada vez que la veía, recordaba que Ricardo padre me había sido infiel. No podía, no podía permitir que creciera y reclamara lo que no le pertenecía. Ricardo se desplomó en una silla soyloosando como un niño perdido. Era mi hermana, era solo una niña de 8 años. Era una bastarda que iba a dividir la herencia, replicó Esperanza con frialdad. Hice lo correcto.
Joaquín Herrera se acercó lentamente a Esperanza, sus ojos brillando de lágrimas contenidas durante cuatro décadas. Mi hermana Adriana era doctora, se había graduado con honores de la UNAM. iba a abrir una clínica gratuita para niños pobres en Michoacán. Tenía 26 años y toda una vida por delante.
Era una campesina con aires de grandeza respondió Esperanza sin una pisca de remordimiento. En ese momento, el comandante Vázquez recibió una llamada en su radio. Después de escuchar unos minutos, se dirigió al grupo con expresión grave. Acabamos de recibir información que complica aún más este caso. El departamento forense encontró restos óseos enterrados en el jardín posterior de la propiedad.
Al parecer hay más víctimas de las que imaginábamos. El silencio que siguió fue sepulcral. Camila sintió que las piernas le temblaban. “¿Cuántas más esperanza?”, preguntó con voz quebrada. “¿Cuántas mujeres más mataste?” La sonrisa que apareció en el rostro de la matriarca de los Mendoza era la cosa más diabólica que alguno de los presentes había visto jamás, las suficientes para mantener pura la línea de sangre Mendoza, pero hay una que les va a sorprender especialmente. Y entonces, con una calma que elaba el alma, Esperanza pronunció
las palabras que cambiarían todo para siempre. La madre de Ricardo también fue víctima mía. No se preguntaban por qué jamás hablé de ella. Las palabras de esperanza cayeron sobre el comedor como una bomba nuclear. Ricardo, que había estado llorando por su hermana asesinada, levantó la cabeza con una expresión de horror absoluto que desafía toda descripción.
“Mi Mi madre”, balbuceó con voz quebrada. “mataste a mi madre también.” La carcajada que salió de la garganta de esperanza resonó por toda la mansión como el eco de una pesadilla. Sus ojos grises brillaban con una locura que había permanecido oculta durante medio siglo. “Tu madre”, se burló. Carmen Esperanza Mendoza nunca fue tu madre, idiota. Yo soy tu madre.
Siempre lo he sido. El mundo se detuvo. El comandante Vázquez, el fiscal Mendizábal, Camila, Joaquín Herrera, todos se quedaron petrificados. Ante la revelación más macabra de todas, Ricardo retrocedió como si hubiera visto un fantasma chocando contra la pared del comedor. ¿Qué? ¿Qué estás diciendo? ¿Estás loca? Completamente loca.
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