Entré al baño y ahí estaban más etiquetas. amarillas, en el champú, en el jabón, en la crema dental, hasta en el papel higiénico. Verónica, me quedé paralizada mirando mi propio cepillo de dientes, el único objeto sin etiqueta, como si fuera lo último que me quedaba en el mundo. Salí del baño, fui a la cocina, las ollas tenían etiquetas, las sartenes, los vasos, los platos. Abría el cajón de los cubiertos hasta los tenedores. Los malditos tenedores. ¿Buscas algo?
La voz de Verónica sonó justo detrás de mí. Me sobresalté. No la había escuchado llegar. Verónica, esto ya es demasiado. Demasiado. Ló cabeza con esa sonrisa que no llegaba a sus ojos. Esperanza, solo estoy protegiendo mis cosas. Usted sabe cómo es. A veces las cosas se pierden, se confunden, así todos sabemos que es de quién. Pero yo compré estas ollas, yo compré estos platos hace 20 años. Ah, se encogió de hombros. Entonces, póngale su nombre también. Yo puse el mío en lo que es mío.
¿Y qué compraste tú exactamente? Las palabras salieron más duras de lo que pretendía. Sus ojos se entrecerraron. Cuidado con el tono, suegrita. Soy la esposa de su hijo. Merezco respeto. Respeto. Esa palabra retumbó en mi cabeza mientras ella se daba la vuelta y volvía a la sala donde la televisión seguía encendida a todo volumen. Esa noche Verónica cocinó. El olor invadió toda la casa. Mole. Mi mole favorito. El que yo le había enseñado a hacer cuando recién se casaron.
En esos primeros meses, cuando todavía fingíamos ser una familia feliz, me quedé en mi cuarto. El estómago me rugía. No había cenado. En el hospital solo tomé café. Pensé en salir, en servirme un poco. Era mole. Ella había usado mi receta, pero no lo hice. No podía. No después de las etiquetas, no después de entender que cada bocado que tomara de esa cocina sería una derrota. Escuché sus risas. Damián y ella hablaban de una serie de irse de vacaciones a Cancún.
“Cuando vendamos el coche de tu mamá, podríamos juntar para el hotel”, dijo Verónica. “Silencio. No sé si quiera venderlo,” respondió Damián con voz débil. Ay, amor, ese coche ya está viejo. Ella casi no lo usa. Nosotros lo necesitamos más. No escuché que respondió mi hijo, solo escuché que no me defendió. A la mañana siguiente bajé temprano. Tenía el día libre. Necesitaba hablar con Damián a solas, sin ella. Lo encontré en la cocina tomando café. mi café de mi cafetera, que ahora tenía una etiqueta amarilla.
Hijo, necesitamos hablar. Levantó la vista. Vi las ojeras. Se veía cansado, mayor de sus 32 años. Mamá, si es por las etiquetas. No es solo por las etiquetas, Damián, es por todo. Me senté frente a él. Es por cómo me hablan, por cómo me tratan. Esta es mi casa. Lo sé. Lo sabes de verdad porque no lo parece. Respiré hondo. Ustedes no pagan renta, no pagan servicios, no pagan el predial, nada. Y ahora resulta que ni siquiera puedo usar mi propio jabón.
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