Los años siguientes fueron de dificultades y resiliencia. De día, criaba a sus hijos. De noche, estudiaba. Se inscribió en un programa de estética, aprendió los entresijos del sector de los spas y acumuló pacientemente conocimientos.
Al cabo de cinco años, abrió su primer pequeño spa en Andheri West. Su reputación creció. Sus hijos, curiosos y despiertos, le preguntaban a menudo: «Maa, ¿quién es nuestro padre?» Ella solo respondía con una dulce sonrisa: «Está lejos, ahora. Él y yo nos quisimos mucho en otro tiempo. Pero hoy… solo estás tú, tú y yo».
Cuando los gemelos cumplieron siete años, una mañana lluviosa que le recordó la noche de su huida, Aarushi se plantó frente al espejo. La mujer frágil y rota había desaparecido. En su lugar, había una madre de mirada decidida, sonrisa segura y elegancia inquebrantable.
Abrió su teléfono, comprobó los vuelos a Nueva Delhi y murmuró: «Es la hora».
Aeropuerto Internacional Indira Gandhi, una mañana de octubre. El aire estaba fresco. Aarushi salió de la terminal, llevando a sus hijos de la mano. Arjun y Vivaan habían crecido: altos, atentos, con la mirada brillante. No preguntaron por qué viajaban. Ella se había limitado a decir: «Vamos a ver dónde creció Maa».
En verdad, llevaba más de un año preparando ese regreso. Tras investigar la vida de Raghav a través de contactos e Internet, lo sabía todo: Se había casado con Meera, la heredera inmobiliaria. Tenían un hijo de seis años, inscrito en una prestigiosa escuela internacional de Delhi.
Desde fuera, Raghav lo poseía todo: dinero, poder, prestigio. Pero Aarushi sabía la verdad. Su matrimonio estaba lejos de ser feliz. Meera era lista y controladora. Vigilaba cada uno de los movimientos de Raghav. Aunque él ostentaba el título de director de la zona Norte en la empresa familiar, todas las decisiones importantes las tomaban Meera y su padre. Sus proyectos personales estaban bloqueados, y cualquier posible desliz era sofocado de inmediato.
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