La había mirado dormir, su cuerpo frágil envuelto en una manta que habían encontrado en un contenedor meses atrás. Incluso dormida, incluso con el pelo revuelto y el rostro marcado por el cansancio, para él seguía siendo la mujer más hermosa del mundo. Era el 24 de noviembre, su aniversario de boda. 37 años antes, en aquel día, se habían casado en la pequeña iglesia de su pueblo en Extremadura. Ella llevaba un vestido blanco cosido por su madre, él un traje prestado por su hermano mayor.
No tenían dinero, pero tenían amor. Y aquel amor había bastado para construir una vida juntos. Una vida que se había derrumbado 6 años antes, cuando la empresa de construcción donde Antonio trabajaba desde hacía 32 años quebró. A los 58 años, nadie quería contratarlo. Los ahorros se acabaron rápido, luego la casa, luego la dignidad de pedir ayuda a familiares que les habían dado la espalda. Carmen enfermó, los medicamentos costaban demasiado y poco a poco se encontraron en la calle.
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