Freya quedó embarazada joven, y sus padres la echaron de casa. Quince años después, fueron a ver a sus hijas y a su nieto. Lo que vieron los dejó atónitos…

Freya quedó embarazada joven, y sus padres la echaron de casa. Quince años después, fueron a ver a sus hijas y a su nieto. Lo que vieron los dejó atónitos…

Freya, ¡la cena está lista! ¡Vamos, que se enfría! —gritó su madre desde la cocina, con la voz alegre y despreocupada por encima del ruido de los platos. Freya se guardó el test en el bolsillo de la sudadera; el plástico se le clavó en la palma. Se arrastró hasta el comedor, cada paso más pesado que el anterior.

El aire olía a pastel de carne con salsa, un ritual de martes. Su padre estaba sentado a la cabecera de la mesa, con las copas deslizándose por la nariz mientras hojeaba el Riverside Gazette. Su madre entró con paso decidido, con los delantales manchados de harina, sosteniendo una cazuela y un tazón de puré de papas.

Mamá, papá, necesito hablar con ustedes —murmuró Freya, rondando junto a su silla, con la voz débil y temblorosa. Su padre dobló el periódico con un crujido, mirándola por encima de las gafas—. ¿Qué es esto, eh? Pareces haber visto un fantasma.

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