Y veo que trajiste el equipaje extra del que hablamos. Te advertí, mujer, que el señor Augusto no tolera el ruido. Los niños son ruido, desorden y caos. Si esa niña hace un solo sonido mientras el Señor está en casa, las dos estarán en la calle antes de que puedan parpadear. ¿Entendido? Elena asintió vigorosamente, apretando la mano de Lucía. Sí, señor, se lo juro. Ella es muy tranquila. Se quedará en el cuarto de servicio. Ni siquiera sabrán que existe.
Por favor, necesito este trabajo. Matías las miró con desdén, pero las dejó pasar. Más te vale. El Señor está en su despacho. Ahora tienes una hora para instalarte en el cuarto de atrás y luego te quiero en la cocina. La cena se sirve a las 8 en punto. Y recuerda, la mesa principal es sagrada. Nadie se acerca cuando él está comiendo. Nadie. Mientras caminaban por los pasillos de servicio, que eran estrechos y fríos, Lucía miraba de reojo hacia las puertas entreabiertas que daban a la parte principal de la casa.
Alcanzó a ver al final de un largo corredor esa mesa gigante de la que hablábamos al principio. Estaba vacía, iluminada solo por la luz de la tarde gris. A Lucía le pareció lo más triste que había visto en su corta vida. No entendía de lujos ni de dinero, pero su corazón de niña entendía de sentimientos. Y esa casa, tan grande y tan hermosa, olía a tristeza. Lo que ni Elena, ni Matías, ni el propio don Augusto sabían era que esa invisibilidad que prometieron no duraría mucho, porque la pureza de una niña es como la luz del sol.
Es imposible de esconder por mucho tiempo y siempre encuentra la manera de colarse por las grietas más oscuras. Aquella noche, mientras Elena deshacía sus pocas maletas en un cuarto húmedo y pequeño, don Augusto se sentaba una vez más en su cabecera, solo, suspirando con el peso de su propia amargura, sin saber que a pocos metros de él había llegado la única persona en el mundo capaz de hacerle la pregunta que derrumbaría su fortaleza. La cocina de la mansión era un mundo aparte, un laboratorio de acero inoxidable y baldosas blancas inmaculadas, donde el olor a especias y guisos no lograba calentar el ambiente.
Allí Matías, el mayordomo, continuaba su letanía de advertencias con la precisión de un general impartiendo órdenes antes de la batalla. Elena escuchaba con la cabeza baja, asintiendo a cada palabra mientras secaba unos platos que ya parecían limpios, pero que, según las normas de la casa, debían brillar como diamantes. Lucía, sentada en un taburete en una esquina lejana, se balanceaba con sus piernitas colgando, abrazada a una muñeca de trapo vieja y descoscida, su única amiga en aquel lugar extraño.
Escúchame bien, muchacha”, decía Matías bajando la voz como si las paredes tuvieran oídos. El señor Augusto tiene horarios sagrados. A las 7 de la mañana su café debe estar en la mesa de la terraza, a 80 gr, ni más ni menos. A la 1 almuerza en su despacho y no quiere ver a nadie. Pero la cena, la cena es el momento más delicado. Matías hizo una pausa dramática. mirando de reojo a la niña en el rincón. A partir de las 8 de la noche, la planta baja es territorio prohibido.
El señor cena solo. No soporta el ruido de los cubiertos ajenos, ni risas ni pasos. Si tu hija tiene que ir al baño o tiene sed, tendrá que aguantarse hasta que él se retire a sus aposentos. Un solo llanto, un solo grito de esa niña y no habrá piedad. El señor Augusto no es un hombre cruel por naturaleza, pero digamos que la vida le quitó la paciencia hace mucho tiempo. Elena sintió un escalofrío. Sabía lo que era perder la paciencia, pero también sabía lo que era perderlo todo.
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