No, bueno, sí, pero pensé, pensaste que pensé que era mejor así, que últimamente te habías puesto muy muy pegajoso con nosotros. Esas palabras me dolieron más que todo lo que había pasado el día anterior. Pegajoso. Así veía mi hijo mayor mi deseo de estar cerca de mi familia. Pegajoso. Sí, papá. Desde que murió mamá siempre quieres estar en todas las reuniones. Siempre llamas, siempre preguntas qué estamos haciendo. Miguel, ¿tú tienes hijos? Sabes que sí. ¿Te gustaría que cuando seas viejo tus hijos piensen que eres pegajoso por querer estar con ellos?
Miguel se quedó callado un momento largo. Papá, ¿no es eso. Sí, es eso, hijo. Exactamente eso. Ustedes ven mi amor como una molestia. No digas eso. Entonces, ¿cómo lo explicas? ¿Cómo explicas que toda mi familia estuvo en esa fiesta menos yo? ¿Cómo explicas que gastaron mi dinero en una celebración a la que no fui invitado? Miguel trató de defenderse. Lo del dinero fue idea de Roberto. Carmen no quería usar tu tarjeta, pero él dijo que tú no te ibas a dar cuenta.
No me iba a dar cuenta. Soy tan tonto que no reviso mis estados de cuenta. No es eso, papá. Entonces, ¿qué es, Miguel? Explícame, porque yo ya no entiendo cómo funciona esta familia. Mi hijo se levantó del sillón y comenzó a caminar por la sala. Era su manera de pensar cuando estaba nervioso, igual que cuando era adolescente. Papá, Roberto. Roberto dijo que era mejor celebrar sin ti porque porque tú siempre criticas todo, que siempre encuentras algo malo en lo que él hace.
¿Y tú estás de acuerdo con eso? No, pero tampoco quería hacer un problema. Miguel, ¿sabes cuál es la diferencia entre tú y yo? ¿Cuál? Que yo siempre defendí a mi familia, aún cuando estuvieran equivocados, pero ustedes no me defienden ni cuando tengo la razón. Esas palabras quedaron flotando en el aire como humo. Miguel se sentó otra vez, pero esta vez se veía más pequeño, más joven, como el niño que solía consolarse en mis brazos cuando tenía pesadillas.
Papá, ¿qué quieres que haga? Quiero que me contestes una pregunta con honestidad total. Está bien. ¿Tú crees que lo que hicieron estuvo bien? Miguel tardó en responder. Pude ver la lucha interna en sus ojos. La lealtad hacia su hermana contra lo que sabía que era correcto. No, papá, no estuvo bien. ¿Y qué vas a nacer al respecto? ¿Qué quieres que haga? Nada, Miguel. No quiero que hagas nada. Solo quería saber si todavía tenía al menos un hijo que podía reconocer cuando algo estaba mal.
Mi hijo se levantó para irse. En la puerta se volteó hacia mí. Papá, ¿vas a perdonar a Carmen? Esa le dije, es una pregunta que solo el tiempo va a responder. Cuando Miguel se fue, me quedé sentado en mi sala viendo las fotos familiares que colgaban de las paredes. Fotos de cumpleaños, Navidades, graduaciones, momentos felices que ahora se sentían como recuerdos de otra vida. Esa noche, antes de acostarme, marqué un último número, el del asilo de anciano San Francisco, donde había decidido donar la herencia de Carmen.
Buenas noches, habla don Eduardo Hernández. Me gustaría hacer una cita para platicar sobre una donación. La segunda fase de mi plan estaba en marcha. El lunes por la mañana desperté con una sensación extraña. Por primera vez en dos años desde que murió Esperanza, me levanté sin esa pesadez que me acompañaba todas las mañanas. Era como si hubiera soltado un peso que no sabía que estaba cargando. Preparé mi café, leí el periódico y a las 9 de la mañana ya estaba manejando hacia el asilo San Francisco.
La directora, una mujer de unos 50 años llamada Lick, Patricia. me recibió en su oficina. Era un lugar sencillo, pero limpio, con fotos de los residentes en las paredes y un ambiente que respiraba tranquilidad. Don Eduardo, me da mucho gusto conocerlo. Por teléfono me comentó que quería hacer una donación. Así es, licenciada. Pero antes me gustaría conocer el lugar, ver cómo tratan a los abuelitos que viven aquí. Patricia sonrió de una manera que me hizo sentir que estaba en el lugar correcto.
Por supuesto, será un placer mostrarle nuestras instalaciones. Recorrimos todo el asilo. Los cuartos eran pequeños pero dignos. La cocina olía a comida casera. En el patio, varios ancianos jugaban dominó bajo la sombra de un árbol. Otros leían o simplemente conversaban. Había algo en ese lugar que me tranquilizó. Los empleados trataban a los residentes con respeto, con cariño genuino. “¿Cuántos abuelitos viven aquí?”, le pregunté a Patricia mientras observaba a un grupo que hacía ejercicios suaves en el jardín.
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