Volví a casa, me quité los zapatos y fui directo a mi despacho. No quería pensar en tristeza, quería pensar en números.
Llamé a mi contador de toda la vida, el licenciado Méndez.
—Necesito que canceles el cheque del salón, el pago del banquete, el de la decoradora y bloquees todas las tarjetas adicionales a nombre de Elena.
—Doña Carmen, si cancelo eso, no van a servir la comida…
—Exactamente —respondí—. Que los anfitriones se hagan cargo. Yo ya no financio humillaciones.
También ordené iniciar desalojo del local comercial donde Marcos tenía su “consultora” y que ocupaba gratis gracias a mí.
Esa misma tarde, mientras ellos brindaban con champaña, el salón llamaba avisando que la tarjeta no pasaba, los meseros detenían el servicio y los “socios importantes” se empezaban a ir.
El grupo de WhatsApp familiar explotó de mensajes. Elena me llamó una y otra vez. No contesté. Yo estaba tomando café en mi cocina, en paz, por primera vez en años.
Leave a Comment