Mientras caminaba encorbado bajo el aguacero, unos faros muy potentes lo iluminaron desde atrás. se hizo a un lado pensando que solo era un vecino. El vehículo, una gran SV blanca, idéntica al modelo que le habían retirado a su madre, se acercó lentamente. Por un momento, Hugo albergó la absurda esperanza de que don Ricardo hubiera cambiado de opinión y mandado a alguien a recogerlo. La esperanza murió cuando vio con nitidez a través del parabrisas. Al volante iba el propio don Ricardo, perfectamente seco, manejando con calma una mano en el volante y el rostro sereno.
A su lado, en el asiento del copiloto, estaba yo. Me había cambiado de ropa por un conjunto más abrigado y sostenía entre las manos un vaso térmico de bebida caliente. Mi rostro estaba tranquilo. El coche redujo la velocidad al pasar junto a Hugo. Él me miró desesperado, esperando que yo suplicara que se detuviera, pero yo mantuve la mirada hacia el frente sin apartarla ni un segundo. En mis ojos no había odio, solo una indiferencia absoluta. La camioneta pasó sobre un charco profundo y una ola de agua lodosa salpicó los pantalones de Hugo, empapándolo aún más.
se quedó inmóvil, cubierto de barro y lluvia, mirando como las luces traseras se perdían en la curva del camino hacia la salida del fraccionamiento, dejándolo solo en la oscuridad. Una hora después, Hugo llegó finalmente a la pequeña casa que presumía como su hogar, aunque la renta la pagaba clara. Entró de golpe, empapado y temblando. El interior estaba tan desordenado como su vida. En el sofá del salón estaba doña Rosa acurrucada, con el cabello revuelto y restos de maquillaje corrido en la cara.
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