Rosa aparecía por las tardes, pero sin acercarse demasiado. Saludaba con un gesto, preguntaba si todo estaba bien y seguía con sus tareas. Hasta que un jueves, mientras Clara fregaba unas bandejas en la cocina, escuchó una voz familiar detrás de ella. Te está quedando impecable. Era su madre. Estaba de pie con un delantal limpio y una bolsa de verduras en la mano. Clara se dio la vuelta, pero no supo qué decir. Mamá. Rosa le interrumpió con un leve movimiento de cabeza.
¿Has comido? Clara asintió. Rosa dejó la bolsa sobre la mesa, sacó tomates, zanahorias, ajos. “Todavía te gusta cocinar. ” Clara bajó la vista a sus manos curtidas con los dedos ásperos. asintió con una sonrisa tímida. Sí, a veces. Entonces ponte un delantal, dijo Rosa. Hoy hacemos lentejas. Fue un momento sencillo, sin drama, sin reproches. Pero mientras picaban cebolla juntas, lado a lado, algo dentro de Clara se quebró. No era tristeza, era alivio. La sensación de que tal vez aún estaba a tiempo de reparar lo que había roto.
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