No dijo nada, solo colocó un plato de sopa frente a ella. Clara la miró confundida y luego rompió a llorar. Rosa no la abrazó, no la regañó, solo murmuró, “Hace frío, quédate.” Y por primera vez, Clara entendió lo que su madre había hecho. Ese fue solo el comienzo. Esa noche Clara no durmió. En una de las habitaciones del segundo piso de la mesa de rosa, con su hijo acurrucado a su lado, bajo una colcha tejida a mano, miró al techo durante horas.
La manta no alcanzaba a cubrir el frío que venía de dentro. En su cabeza, los recuerdos se acumulaban, las manos de su madre agrietadas por el jabón, planchando su uniforme escolar, la risa cálida de Rosa cuando cocinaba arroz con leche y la imagen final, la que la perseguía desde hacía un año, con su madre cargando dos maletas pesadas, alejándose sin decir una palabra. Pensó en pedir perdón, en arrodillarse, en explicarle que todo se le había ido de las manos.
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