Adriana frunció el ceño.
—Aquí no vive ninguna señora así.
Desde el corredor, Doña Teresa escuchó su nombre. Se levantó despacio y apareció en la entrada.
—Soy yo.
El abogado la saludó con respeto.
—Vengo a entregarle unos documentos y a informarle sobre un trámite pendiente relacionado con esta propiedad.
Adriana soltó una risa nerviosa.
—Debe haber un error. La casa es de mi esposo.
El abogado abrió el portafolio y mostró los papeles.
—Según el registro público, esta casa está a nombre de la señora Teresa Gómez, desde hace más de treinta años.
El silencio cayó pesado.
Adriana palideció.
—Eso no puede ser. Yo… nosotros vivimos aquí. Hemos invertido.
—Vivir no es lo mismo que ser dueño —respondió el abogado con calma—. Y la señora Teresa nunca cedió ni vendió esta propiedad.
Miguel llegó esa misma tarde, llamado de urgencia. Escuchó la explicación completa, vio los documentos, entendió lo que nunca quiso preguntar. Miró el corredor. El catre. Las cobijas gastadas.
—¿Mamá… desde cuándo duermes aquí? —preguntó con la voz rota.
Doña Teresa bajó la mirada.
—Desde hace tiempo, hijo. No pasa nada.
Miguel no pudo contener las lágrimas. Adriana intentó justificarse, explicar, minimizar. Nadie la escuchó.
El abogado fue claro: Doña Teresa tenía todo el derecho legal sobre la casa. Podía decidir quién se quedaba y quién no. Podía vender, desalojar, cambiar cerraduras. Tenía el poder completo.
Esa noche, Doña Teresa no durmió en el corredor.
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