En el pequeño pueblo de San Pedro de las Flores, en el estado de Jalisco, las casas no eran grandes, pero sí llenas de memoria. Muros de adobe, patios con bugambilias, corredores largos donde el sol de la tarde se colaba despacio. En una de esas casas vivía Doña Teresa Gómez, una mujer que había pasado la vida entera trabajando sin descanso, como si el cansancio no tuviera permiso de alcanzarla.
Esa casa no siempre fue silenciosa. Hubo risas, fiestas, domingos de caldo humeante y tortillas recién hechas. Allí creció su hijo Miguel, único, consentido, educado con la idea de que estudiar era la única herencia que su madre podía dejarle. Doña Teresa vendió joyas, empeñó recuerdos, aceptó trabajos que nadie quería. Cuando Miguel se graduó y consiguió empleo en Guadalajara, ella sintió que todo había valido la pena.
Miguel regresó un día con Adriana, su esposa. Joven, bien arreglada, palabras suaves y sonrisa correcta. Al principio, Doña Teresa la recibió como a una hija. Le enseñó a cocinar, le cedió el cuarto principal, cuidó cada detalle para que la recién llegada se sintiera en casa. “Esta es tu casa”, le dijo sin pensarlo dos veces.
Pero el tiempo tiene la mala costumbre de mostrar lo que se esconde.
—La casa es muy chica —dijo Adriana una noche, cuando Miguel ya dormía—. No alcanza para todos.
Doña Teresa la miró sin entender. Había tres habitaciones, un corredor amplio y un patio generoso. Pero no respondió. Nunca fue mujer de discutir.
Al poco tiempo, Adriana movió muebles, cerró puertas, cambió rutinas. El cuarto de Doña Teresa se llenó de cajas “provisionales”. Luego vinieron los comentarios.
—Aquí no cabe otra cama.
—Usted duerme poquito, ¿no?
—El corredor es fresco, hasta se duerme mejor.
La primera noche en el corredor, Doña Teresa se recostó sobre un catre viejo. El techo la protegía de la lluvia, pero no del frío ni de la humillación. Escuchó las risas dentro de la casa, el sonido de la televisión, los pasos cómodos de quienes sí tenían derecho a una cama.
No dijo nada.
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