Cada vez nos cuesta más detectar tanto los buenos olores como los malos. A partir de los 70 nuestro olfato se asemeja mucho al de los niños de menos de 8 años, quienes todavía no han desarrollado plenamente su sensibilidad olfativa.
De este modo, estos hallazgos apuntan a que el “olor a viejo” no es solo una cuestión cosmética o superficial, sino una manifestación más del deterioro celular y metabólico ligado al envejecimiento. Y, aunque no pueda eliminarse con un simple baño o con fragancias, la ciencia apunta a que su prevención puede comenzar en el plato.
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