Una de las cosas más frecuentes es quejarse constantemente. Del clima, del cuerpo, de los jóvenes, de la economía o de “cómo eran las cosas antes”. La queja permanente desgasta a quienes escuchan y transmite una imagen de amargura, incluso cuando no es la intención. Expresar molestias es válido, pero hacerlo todo el tiempo termina alejando a los demás.
Otra actitud muy notoria es hablar mal de todo lo nuevo. La tecnología, los cambios sociales, las nuevas formas de pensar o de relacionarse suelen ser blanco de críticas duras. Frases como “en mi época esto no pasaba” o “antes era todo mejor” pueden sonar repetitivas y cerradas al diálogo. Esto genera la sensación de rigidez y falta de adaptación.
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