Mi hija de cinco años siempre se bañaba con mi marido.

Mi hija de cinco años siempre se bañaba con mi marido.

Mark salió primero, con una toalla sobre el hombro, luciendo aún esa misma sonrisa despreocupada.

—Sophie ya casi ha terminado —dijo con naturalidad—. No tenías por qué esperar aquí.

Lo miré fijamente.

En su cara.

Al hombre con quien compartí mi cama durante años.

Y por primera vez…

No sentí nada familiar.

Solo la distancia.

Solo frío.

“Solo quería desearte buenas noches”, dije con una voz tan tranquila que me sorprendió incluso a mí misma.

Me miró durante un segundo.

Demasiado largo.

Como si estuviera intentando leer algo.

Entonces asintió. “Saldrá en un minuto”.

Pasó a mi lado.

Y lo volví a sentir.

Ese mismo olor tenue y extraño.

Suave.

Artificial.

Sentí náuseas.

Me quedé donde estaba.

No me moví.

No hablé.

Hasta que Sophie se vaya.

Envuelto firmemente en una toalla.

Cabeza abajo.

Como siempre.

Inmediatamente me arrodillé.

“Hola, cariño”, dije en voz baja.

Ella levantó la vista hacia mí, y por un breve instante, algo brilló en sus ojos.

Alivio.

Luego desapareció.

—Estoy cansada —murmuró.

—Lo sé —dije, abrazándola—. Todo va a estar bien.

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