Él me pedía que le contara cómo era el mercado de mi barrio, qué música ponían en las fiestas de mi calle, cómo olía la cocina cuando mi madre preparaba arroz con leche.
Yo le llevaba novelas viejas que encontraba en una caja del sótano y se las leía cuando el dolor de cabeza no le permitía concentrarse.
A cambio, él me hablaba de su abuelo, de cómo había querido modernizar la empresa y de lo solo
que se sentía incluso rodeado de lujo.
Sin darme cuenta, empecé a enamorarme.
Precisamente por eso, cuando los señores Harrison me llamaron a su despacho una tarde de martes y me hicieron sentarme frente a su abogado, pensé que me iban a despedir.
La señora Harrison puso sobre la mesa una caja de terciopelo con un anillo y dijo, con su voz perfecta, que querían que yo me convirtiera en la esposa de Ethan.
No preguntó si lo amaba.
No habló de sentimientos.
Habló de estabilidad, discreción y seguridad para mi futuro.
También mencionó, como por accidente, que conocían el nombre del cardiólogo de mi madre y que podían asegurarse de que nunca le faltara tratamiento.
Yo me quedé helada.
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