—Necesitamos hablar sobre lo que vas a hacer —dijo—. Cualquiera en tu lugar podría denunciarla por fraude y tentativa de estafa.
—No quiero llevar a mi hija a los tribunales… aún —respondí.
—Entonces, ¿qué piensas hacer?
Le conté mi decisión. Markus no la aprobó del todo, pero tampoco se opuso. Sabía que a veces la justicia emocional es más inmediata que la legal.
A media mañana me vestí con sencillez: jersey azul, pantalón oscuro, pelo recogido. Quería parecer tranquila, pero dentro llevaba un torbellino.
Fui primero al banco. Con la ayuda de Markus, congelé mis cuentas conjuntas, bloqueé accesos, modifiqué autorizaciones. El director, un hombre mayor llamado Benjamín Keller, me miró con una mezcla de preocupación y respeto.
—Señora Alessandri, ¿está segura? Separar las cuentas familiares puede provocar… tensiones.
—Las tensiones vienen de antes. Yo solo estoy respondiendo.
Luego pasé por mi notaría habitual, donde la notaria, Elena Marquina, revisó conmigo una serie de medidas de protección patrimonial. No era un movimiento impulsivo; era necesario. Si Clara había dado ese paso, significaba que estaba en un punto de ambición peligrosa.
A las doce en punto, me dirigí hacia su casa. No para cenar. No para firmar. Sino para mirarla a los ojos.
Cuando toqué el timbre, fue mi yerno, Luis Ferrer, quien abrió. Siempre había tenido ese aire de superioridad, como si el mundo entero existiera para servirle.
—María —dijo—. Pensábamos verte por la noche.
—Lo sé. Quiero hablar con Clara.
La encontré en la cocina, sirviéndose un café como si nada. Llevaba su bata de seda color vino, impecable, elegante, perfecta como siempre. Cuando me vio, su sonrisa se ladeó.
—Mamá, ¿qué haces aquí tan temprano? ¿No preferías venir a la cena?
—No voy a la cena —respondí.
Ella arqueó las cejas. Después, Markus, siguiendo mi instrucción, me envió un mensaje en ese momento: una foto del documento que ella había gestionado a mis espaldas. Lo puse delante de ella.
Clara palideció.
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