Por primera vez, esas palabras no le dolieron.
Le dieron asco.
Lucía fingió dormir, pero por dentro algo se apagó para siempre.
Y algo más despertó.
Algo frío.
Firme.
Algo que ya no iba a pedir permiso para defenderse.
A la mañana siguiente, mientras Roberto se bañaba, Lucía abrió la caja fuerte del estudio.
Ahí estaban las escrituras, los documentos de herencia, las cuentas bancarias, el testamento de sus padres.
Todo a su nombre.
Su papá la había protegido sin saber que un día iba a necesitarlo tanto.
Lucía guardó los papeles en su bolsa, respiró hondo y miró hacia el baño, donde el agua seguía cayendo.
No iba a pelear con lágrimas.
Iba a pelear con inteligencia.
Y Roberto todavía no imaginaba que la mujer a la que llamó confiada ya había despertado.
PARTE 2
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