Doña Carmen lo esperaba afuera, furiosa. No hubo abrazo. No hubo consuelo.
Solo reproches.
La codicia también los devoró a ellos.
Meses después, Lucía compró un departamento pequeño en Querétaro. No era lujoso, pero tenía luz, silencio y una terraza donde puso macetas de albahaca, lavanda y una bugambilia joven.
La primera noche durmió en un colchón sin base, rodeada de cajas.
Y aun así descansó mejor que en todos sus años al lado de Roberto.
Volvió a trabajar en diseño, algo que había dejado porque él decía que “no era tan rentable”. Retomó amistades. Aprendió a ir al cine sola, a comer sin revisar el celular y a dormir sin miedo.
Un día encontró una foto de su boda.
Roberto sonreía con una mano en su cintura. Ella se veía feliz, confiada, luminosa.
Durante un rato sintió tristeza por esa mujer.
No por tonta.
Por buena.
Por haber amado de verdad.
No rompió la foto con rabia. Solo la puso en una bolsa con papeles viejos y la tiró.
Sin ceremonia.
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