Las dos cunas del futuro
Sentado al borde de la cama, David rompió el silencio con una voz que era un susurro grave, cargado de emoción.
—¿Cómo los llamaremos, Mei? En la tradición de mi pueblo, el nombre debe contar la historia de su llegada.
Mei miró al niño de la izquierda, cuyas facciones compartían sutilmente la estructura ocular almendrada de su propia madre, un rasgo asiático inconfundible esculpido en una piel de ébano puro. Luego miró al de la derecha, que mantenía los puños cerrados con la fuerza de un guerrero.
—El primero se llamará Kaelen —dijo ella, acariciando la frente del pequeño—. Significa ‘guerrero de la luz del norte’. Y el segundo será Kenji, el ‘segundo hijo fuerte’. Llevarán la fuerza de tu tierra y la sabiduría de la mía.
David asintió, sintiendo que una lágrima solitaria corría por su mejilla. Sabía que el camino para sus hijos no sería sencillo en un mundo obsesionado con encasillar a las personas en compartimentos raciales estrictos. Kaelen y Kenji eran la destrucción viva de esos compartimentos. Eran seres humanos que llevaban en su ADN el mapa de navegación de dos continentes antiguos, fusionados en un diseño biológico que rozaba la perfección artística.
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