” Así que contraté a la licenciada Elena Rodríguez. Me la recomendó un colega de Ricardo, una mujer de unos 50 años, cabello canoso, recogido en un chongo impecable, con ese tipo de energía calmada y precisa que te hace sentir que todo va a salir bien. Elena había lidiado con disputas testamentarias por 25 años. Revisó las demandas de Beatriz en unos 40 minutos y me dijo que era ganable. El préstamo no tenía un contrato de sociedad, no había cláusulas formales, nada por escrito que le diera a Beatriz participación en el capital del despacho.
El testamento estaba limpio y bien ejecutado. Elena me dijo, “Peleamos, ganamos.” Y Beatriz se regresa a su casa sin nada más que una buena lección sobre derecho contractual. Pedí unos días para pensarlo. Esa noche, después de que Sofía se durmió, manejé hasta el despacho de Ricardo. Eran casi las 10 de la noche. El edificio estaba oscuro. Solo los letreros de salida brillaban en verde en los pasillos. Abrí su oficina privada con la llave de repuesto que siempre traía en mi llavero.
Aún olía a él, a café y a esa loción amaderada que usaba desde la universidad. Abrí el cajón de abajo de su escritorio, el profundo donde guardaba archivos que no quería que nadie tocara. Detrás de una pila de carpetas viejas de proyectos archivados encontré un sobre manila sellado. Mi nombre estaba escrito al frente con la letra de Ricardo. No, Mariana Velasco, solo Mariana. Con un pequeño corazón dibujado al lado, como si todavía fuéramos adolescentes pasándonos notitas. Lo abrí.
Leí lo que había adentro. Y me quedé sentada en esa oficina a oscuras por casi una hora sin moverme, sin respirar profundo, sin llorar. Por primera vez el 14 de abril, mi mente estaba completamente clara. A la mañana siguiente llamé a Elena. Mi voz sonaba diferente. Yo misma lo noté, firme, tranquila, como si algo hubiera hecho click y encajado en su lugar dentro de mi cabeza. Le dije, “Elena, cambié de opinión. No quiero pelear. Quiero darle a Beatriz todo lo que está pidiendo.
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