Lo encontraron en el despacho, tirado cerca de la mesa de dibujo con el lápiz todavía en la mano. Tenía 38 años. Recibí la llamada mientras ayudaba a mi hija Sofía con su tarea. Manejé hasta allá con restos de pintura vinílica en las manos y el corazón latiendo a un ritmo que no parecía humanamente posible. Cuando llegué, los paramédicos ya se habían rendido. El velorio fue el jueves. Beatriz usó lentes oscuros. Prada todo el tiempo, incluso adentro de la capilla, de esos que te cubren media cara.
Era imposible saber si estaba llorando de verdad o solo actuando para su público de conocidos y clientes de Ricardo. A su lado, como siempre, estaba Mauricio, el hermano menor de Ricardo. Tenía 31 años. Nunca había conservado un trabajo por más de 4 meses seguidos y vivía en el anexo de la casa de Beatriz en zona Esmeralda, donde su principal ocupación era dormir hasta las 2 de la tarde y pedir comida por Uberits usando la tarjeta de ella.
Beatriz no era una pobre desamparada. Ella había construido una red de tres estacionamientos en la zona de Interlomas. levantó todo sola después de divorciarse del papá de Ricardo. La mujer le entendía a los números, a los contratos, al flujo de efectivo, o al menos creía que le entendía, porque el mundo de los estacionamientos es simple. Coche entra, coche sale, dinero entra a la caja. Ella aplicaba esa misma lógica a todo, incluyendo el despacho de arquitectura de su hijo, el cual nunca había visitado profesionalmente.
Para Beatriz, Velasco, Arquitectos, era solo un negocio más. En vez de lavar coches, dibujabas casas. En vez de cobrar por hora, cobrabas por proyecto. 4 millones de pesos al año en facturación. Se había aprendido ese número de memoria. Lo repetía en las cenas familiares como si fuera un mantra de éxito y me trataba desde la primera Navidad que pasé con la familia como a una intrusa temporal que Ricardo eventualmente superaría. Yo era recepcionista cuando nos conocimos. Trabajaba en un despacho de ingeniería en la colonia del Valle.
No tenía título de una universidad cara. No venía de una familia con un apellido importante. No usaba bolsas de diseñador. Una vez, en un cumpleaños de Mauricio, me presentó a sus amigas como la primera esposa de Ricardo. Y eso que Ricardo y yo ya estábamos casados y él estaba justo ahí a mi lado tomándome de la mano. Así que cuando apareció en mi cocina ese lunes por la mañana, 11 días después de haber enterrado a mi esposo, debía haberlo visto venir.
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