Agarré mi bolsa, salí, recogí a Sofía de la guardería a las 3:15 y manejé a nuestro departamento. Le hice mac and cheese de cajita, el que tiene formitas de dinosaurios, porque Sofía creía firmemente que la pasta en forma de dinosaurio sabía mejor que la normal. Y honestamente puede que tenga razón en eso. Vimos caricaturas hasta las 6:30. se quedó dormida en el sillón con queso embarrado en la barbilla. La cargué hasta su cama. Luego me senté en el piso de mi cocina apoyando la espalda contra los gabinetes y solo respiré.
Fue la noche más tranquila que tuve desde que murió Ricardo. Tres semanas después, Beatriz Velasco entró a Velasco Arquitectos como dueña legal y empezó a administrar su nuevo imperio. Yo no estuve ahí para verlo, pero en esta ciudad no necesitas estarlo. La gente habla. Doña Rosa todavía tenía amigas en el despacho y algunas otras cosas me las enteré por la propia Beatriz durante esa última llamada telefónica. Así que esto fue lo que pasó. Día un abrió una pila de correspondencia que se estaba acumulando en el escritorio de Ricardo, sobres por los que había pasado de largo una docena de veces sin molestarse en abrirlos.
El tercer sobre era del SAT, requerimiento por cuotas obreropatronales pendientes e impuestos, 265,000 pesos, con recargos acumulándose mes a mes. Día 3. Una llamada de un abogado en la colonia Roma representando a un cliente demandante. El acuerdo se había cerrado antes de la muerte de Ricardo, 950,000 pesos. El pago estaba atrasado. El abogado fue muy educado, pero muy firme. Día 5. El dueño del edificio llamó por el contrato de arrendamiento. 36 meses restantes. Beatriz necesitaba firmar como aval solidario para asumir el contrato a su nombre o desocupar en 60 días.
Beatriz firmó como aval. No lo dudó porque en su cabeza el despacho facturaba más de 4 millones al año y 26,000 pesos de renta mensual no eran nada. Acababa de comprometerse personalmente por 936,000 pesos en pagos futuros. Día 8. Beatriz por fin intentó abrir el archivo de Quickbooks de Ricardo. Sin doña Rosa, aquello era un caos. 6 años de movimientos categorizados que tenían todo el sentido del mundo para doña Rosa y absolutamente ninguno para cualquier otra persona.
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