Pero Diego ya había dejado de escuchar.
Su veredicto ya estaba escrito en su rostro.
—¿Quién es él? —preguntó.
Me quedé paralizado.
“¿Qué?”
“El padre. Dime quién es.”
Me sentí mal.
No por el bebé.
Por su culpa.
Esa noche, preparó una maleta.
No mucha ropa.
Lo suficiente para hacerme saber que ya había otro sitio esperándome.
—Voy a Paola —dijo, sin pudor alguno.
Paola.
Su compañero de trabajo.
La mujer que solía enviarme mensajes de texto pidiéndome recetas.
La mujer que una vez me dijo: “Lauri, tu matrimonio es tan hermoso”.
La mujer que, al parecer, había estado esperando una oportunidad para ocupar mi lugar.
Al día siguiente, mi suegra llegó con dos bolsas negras.
No para consolarme.
Para recoger las pertenencias de Diego.
—Qué vergüenza, Laura —dijo, mirándome el estómago como si ya fuera una prueba en mi contra—. Diego no se merecía esto.
“No le fui infiel.”
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