Sentí las miradas de las otras mesas sobre mí.
Intenté reír, pero no salió ningún sonido.
Gabriel sonrió mientras miraba su celular.
—Algún día me lo agradecerás.
Respiré hondo y dije suavemente:
—Tienes razón, hijito.
Él sonrió, convencido de que había ganado la discusión.
Pero en ese momento algo cambió dentro de mí.
La vergüenza se transformó en una decisión silenciosa.
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