Casi seis meses después, alguien tocó mi puerta.
Era Claudia.
Pero ya no era la misma.
Se veía más madura, más cansada… diferente.
—¿Puedo pasar?
Nos sentamos en silencio. Y entonces, empezó a llorar.
—Mamá… fui injusta contigo.
La escuché.
—Pensé que siempre ibas a estar ahí para resolver todo… nunca pensé que tú también podrías necesitarme.
Levantó la mirada, llena de lágrimas.
—Perdóname.
Respiré profundo.
—Lo que hiciste me dolió mucho… pero te perdono.
Sus ojos se iluminaron.
—Pero algo cambió —continué—. Ya no soy la misma.
Ella asintió.
Y por primera vez, entendió.
Leave a Comment