Hija decide CANTAR en el velorio de su madre, pero al notar los OJOS de la anciana, ¡queda en SHOCK…

Hija decide CANTAR en el velorio de su madre, pero al notar los OJOS de la anciana, ¡queda en SHOCK…

Esto es una locura innecesaria, dijo, intentando sonar firme, pero dejando escapar el nerviosismo en el tono. Fue en ese momento cuando los golpes comenzaron a hacerse más intensos. El sonido de la madera, siendo golpeada venía desde debajo de la tierra de forma clara, repetitiva, imposible de ignorar. Ya no era un ruido distante o confuso, era nítido. Ahora, incluso los sepultureros intercambiaron miradas inquietas entre ellos. El sepulturero más viejo detuvo el trabajo, apoyó la pala en el suelo y dijo con cautela, “Mire, señora, la muchacha puede tener razón.

Ese ruido es demasiado extraño como para hacer una construcción. Beatriz percibió de inmediato que los hombres comenzaban a dudar de sus explicaciones. Su expresión cambió. Aún así, se negó a apartarse de delante de la sobrina. Lucía observó la actitud de la tía con extrañeza y sintiendo que algo no estaba bien en aquella insistencia, preguntó con la voz quebrada, “Tía, ¿por qué toda esta desesperación por impedir que abramos el ataúd? Si mi madre estuviera viva, usted como su hermana debería ser la primera en intentar ayudarla a salir de ahí.” Beatriz guardó silencio.

Durante unos segundos no dijo absolutamente nada. El sonido de los golpes seguía viniendo de la fosa, mezclándose con el viento y el nerviosismo en el aire. La tía bajó la mirada como si buscara palabras en el suelo y su rostro pareció más viejo, más cansado. Respiró hondo y por fin habló. Está bien, Lucía. Si de verdad quieres saberlo, te lo voy a contar. Existe un motivo muy fuerte para dejar a tu madre enterrada y necesito que me escuches con atención.” Lucía se detuvo.

Su cuerpo se puso rígido. Algo en la voz de la tía indicaba que lo que vendría a continuación no era simple. Beatriz entonces comenzó hablando despacio. Tu madre nunca volvió a ser la misma después de que huimos de aquella guerra. Tu abuelo Javier siempre me decía que algunas cosas no deben ser traídas de vuelta. La sobrina sintió que la rabia le subía y la interrumpió de inmediato. Eso no justifica dejar que ella muera asfixiada ahora, gritó con la voz resonando por todo el cementerio.

Beatriz respiró hondo y continuó ignorando el tono exaltado de la sobrina. No es solo eso. Carmen me hizo prometer que no permitiría que algo así ocurriera. Es demasiado doloroso para nosotras, dijo pasándose la mano por el rostro como si intentara apartar recuerdos antiguos. Lucía frunció el ceño completamente confundida. Antes de que pudiera responder, la tía añadió, “Existen cosas que van mucho más allá de lo racional, sobrina mía, y a veces solo queremos dejar todo atrás sin seguir sufriendo por ello.” La joven desvió la mirada hacia la fosa.

Los golpes continuaban insistentes, desesperados. Cada sonido parecía un pedido de auxilio. El peso de las palabras de la tía cayó sobre ella como una piedra. La duda lo invadió todo. No sabía si debía seguir los consejos de su tía o confiar en el sonido que venía desde la tierra. Beatriz suspiró una vez más, apartó la mirada de las palas de los sepultureros y comenzó a fijarse en un punto distante del horizonte del cementerio. Su voz salió más ronca, cargada de un pasado que había intentado ocultar durante décadas.

Entonces dijo con un tono grave, “Voy a contarte la verdad sobre el verdadero motivo por el que no debes intentar desenterrar a tu madre. Todo comenzó hace 40 años, en una época en la que el silencio era la única forma de seguir con vida.” La historia regresó en el tiempo, exactamente cuatro décadas atrás. En aquel periodo, Carmen y Beatriz tenían apenas 20 años. Vivían en un país sumergido en una dictadura militar severa, donde cualquier palabra mal dicha podía costar caro.

El pueblo donde vivían era apartado, rodeado de extensas plantaciones y caminos de tierra, pero ni siquiera allí el brazo del gobierno dejaba de alcanzar. Soldados aparecían de vez en cuando, imponiendo miedo y vigilancia. Las dos hermanas pasaban los días trabajando en un mercado local. Vendían las frutas y verduras que su padre, Javier cultivaba con mucho esfuerzo en la finca de la familia. Javier era un hombre sencillo, de pocas palabras, que creía que el trabajo honrado era la única forma de sobrevivir sin llamar la atención.

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