El dueño millonario entró vestido como un cliente humilde a su propia relojería…

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PARTE 2

—Mira nada más, llegó la heroína de los pobres —dijo Fernanda frente a todos—. ¿El vagabundo ya te pidió matrimonio o solo te dejó propina en monedas?

Mariana, otra vendedora, se tapó la boca para reírse. El gerente fingió no escuchar. Lucía acomodaba cajas de inventario detrás del mostrador y prefirió guardar silencio.

Pero Fernanda no quería silencio. Quería humillación.

—Limpia también mi vitrina —ordenó—. Ayer te ensuciaste buscando basura, así que supongo que se te da bien.

Lucía tragó saliva. Tenía ganas de responder, pero necesitaba ese trabajo. Pagaba una habitación en la colonia Santa María la Ribera, sus colegiaturas atrasadas y los medicamentos de Doña Elvira, una vecina que la había criado como hija cuando su madre murió.

Así que limpió.

Al salir, ya de noche, vio a Mateo recargado junto a un coche sencillo. Esta vez llevaba una camisa azul y el cabello menos desordenado.

—Lucía.

Ella se sorprendió.

—¿Cómo sabe mi nombre?

Mateo señaló su gafete.

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