Volvía de la feria como cualquier otro día. Las bolsas pesaban, el sol caía lento y mi mente estaba en lo de siempre: qué cocinar, qué limpiar, qué recordar… y qué olvidar. Porque cuando una madre pierde a un hijo sin haberlo enterrado, aprende a vivir con un vacío que nunca se llena.
Pero ese día, al llegar a casa, algo no estaba bien.

La puerta abierta y un presentimiento inquietante
La puerta de mi casa estaba entreabierta. No recordaba haberla dejado así. Me detuve unos segundos antes de entrar. El corazón empezó a latir más rápido, como si algo dentro de mí supiera lo que estaba a punto de pasar.
Empujé la puerta con cuidado.
Ahí estaban. Dos maletas grandes en medio de la sala. Limpias, nuevas… fuera de lugar en una casa que llevaba años en silencio.
Y entonces lo vi.
En la cocina, de pie, como si nunca se hubiera ido… estaba mi hijo.
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