Meses después llegó el día del juicio.
El tribunal ordenó una prueba genética para aclarar cualquier duda.
El proceso fue frío y distante.
Algo tan personal como un hijo terminó reducido a porcentajes y análisis de laboratorio.
Cuando finalmente llegaron los resultados, la sala estaba llena de curiosos.
El juez abrió el sobre y leyó la conclusión.
El niño era, con una probabilidad abrumadora, hijo biológico de Don Raúl.
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