Con el paso de los días, empecé a preguntarme si había hecho lo correcto. No voy a mentir: hubo momentos de duda. Nadie quiere quedar como el “malo” de la historia, y menos frente a sus propios hijos. Pero cada vez que imaginaba la casa llena, el ruido constante, la falta de espacio y de descanso, entendía que ceder habría sido traicionarme a mí mismo.

Comprar esa casa fue un acto de amor propio. Fue decirme: “Te mereces esto”. Y permitir que se convirtiera en algo que me generara estrés habría ido en contra de todo eso. No es fácil aprender a decir que no, sobre todo cuando se trata de la familia. Nos enseñan que debemos aguantar, ceder, sacrificar. Pero también llega un punto en la vida en el que uno entiende que poner límites no es ser cruel, sino responsable.
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