—¿A dónde exactamente debería ir? —pregunté, sorprendido de lo tranquila que sonó mi propia voz.
Vanessa se encogió de hombros, concentrada en sus uñas recién hechas, esas uñas por las que yo había pagado una semana antes.
—No sé… a un hotel, a casa de su hermano en Querétaro. Honestamente, no me importa. Solo no esté aquí mañana.
—Esto también es la casa de mi hijo —dije, todavía intentando aferrarme a la lógica.
Carlos se aclaró la garganta, nervioso, y soltó la frase que me terminó de acomodar el alma a golpes:
—En realidad… es más la casa de Vanessa. Ella maneja las finanzas y las mejoras. Tú solo… solo nos diste algo de dinero una vez.
Algo de dinero una vez.
Casi me reí. De verdad casi me reí, porque si no lo hacía, me iba a quebrar.
Subí al cuarto de “huéspedes”, el cuarto que había sido mi rincón durante seis meses. Nunca fue “mi cuarto”. Porque, en la mente de esa casa, yo siempre estaba de paso.
Mientras doblaba mi ropa, escuché sus voces abajo planeando qué harían con ese espacio cuando yo me fuera. Studio de yoga. Oficina. Ninguno mencionó culpa. Ninguno mencionó gratitud.
Entonces miré la foto de Lupita en la mesa de noche. Y le susurré:
—No me voy a rendir sin pelear.
Pero mi pelea no sería con gritos. Iba a ser con papeles.
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