Cuando nos casamos, yo era dueña de un pequeño departamento que me había heredado mi abuela. No era gran cosa, pero estaba completamente pagado y era mío.
A los pocos años, Roberto propuso abrir su propio despacho contable. Necesitábamos capital. Yo no dudé. Hipotequé el departamento de mi abuela y firmé un préstamo a mi nombre.
—En dos años lo pagamos —me prometió—. Este negocio nos va a cambiar la vida.
Y la cambió, pero no como yo esperaba.
El despacho creció. Yo dejé mi trabajo para ayudar con la administración. Manejaba cuentas, pagaba empleados, atendía clientes. Trabajaba más de doce horas diarias convencida de que éramos un equipo.
Con el tiempo compramos una casa grande y luego otro departamento como inversión. En cada compra, Roberto insistía:
—Ponlo todo a tu nombre. Es más seguro.
Yo creía que me estaba cuidando. Hoy sé que estaba construyendo una trampa perfecta.
Leave a Comment