Papá, se canceló la cena de mañana. No vengas. Esas fueron las palabras exactas que me dijo mi hija Carmen por teléfono, así, seco, sin explicación, sin disculpas, como si cancelar la cena de cumpleaños de su esposo fuera cualquier cosa.
Carmen es mi hija menor, la consentida. Desde chiquita fue especial para mí. Su mamá, Esperanza, que en paz descanse. Siempre me regañaba porque la defendía demasiado. Eduardo, la vas a malcriar, me decía, pero yo no podía evitarlo. Esa niña tenía algo que me derretía el corazón. La llamada llegó un jueves por la tarde. Yo estaba en mi pequeña sala viendo las noticias como todos los días. Mi casa es sencilla, no es grande ni lujosa, pero es mía.
La pagué con 40 años de trabajo en la construcción. Cada peso que gasté en esa casa salió de mis manos callosas y mi espalda adolorida. Cuando sonó el teléfono, pensé que Carmen me llamaba para confirmar los detalles de mañana. Era el cumpleaños 50 de Roberto, su esposo, un hombre que, bueno, esa es otra historia. Hola, mi hija. ¿Cómo estás? Bien, papá. Te hablo para avisarte que se canceló la cena de mañana. No vengas. Sentí como si algo frío me recorriera el cuerpo.
No era solo lo que decía, era como lo decía. La frialdad en su voz, como si me estuviera hablando a un desconocido. Se canceló. ¿Pasó algo, Carmen? No, nada grave. Es que Roberto no se siente bien. Mejor lo dejamos para otro día. Pero había algo en su voz que no me convencía. Un nerviosismo, una prisa por terminar la llamada y además juro que escuché voces de fondo, como si hubiera gente en su casa. ¿Estás segura, mi hija?
Si Roberto está enfermo, puedo. No, papá, en serio, está bien, solo necesita descansar. Te marco la próxima semana para ponernos de acuerdo. Colgó. Me quedé ahí sentado con el teléfono en la mano, sintiendo un vacío raro en el pecho. Durante 48 años de matrimonio, Esperanza siempre me decía que yo tenía un sexto sentido para saber cuando algo andaba mal. Tienes olfato de perro viejo, Eduardo, me decía riéndose. Y ese día mi olfato de perro viejo me decía que algo no estaba bien.
Esa noche casi no dormí. Le daba vueltas y vueltas a la conversación, a las voces que creía escuchar de fondo, a la prisa de Carmen por colgar. Roberto nunca se enfermaba. Era de esos hombres que presumen que jamás van al médico. El viernes por la mañana desperté temprano, preparé mi café como siempre, me senté en mi silla favorita y tomé una decisión. Tal vez estaba loco, tal vez estaba imaginando cosas, pero tenía que saber la verdad. Fui al mercado y compré todo para hacer el mole poblano, el platillo favorito de Roberto.
Gasté casi 500 pesos en los ingredientes, dinero que no me sobra, pero que siempre he gastado con gusto cuando se trata de familia. Después pasé por la florería de mi compadre Jesús y le encargué un arreglo bonito, otras 300 pesos, total 800 pesos que invertí en una celebración que supuestamente estaba cancelada. ¿Para qué es el arreglo, compadre? Me preguntó Jesús mientras preparaba las flores. Para Roberto, ¿es su cumpleaños? Jesús me miró extraño. Le había contado sobre la llamada de Carmen el día anterior, no que se había cancelado la cena.
Sí, pero tengo la corazonada de que algo no cuadra. Mi compadre me conoce desde hace 30 años. ¿Sabe cuando hablo en serio? Eduardo, ten cuidado. A veces es mejor no saber ciertas verdades, pero yo ya había decidido. Me vestí con mi camisa blanca de los domingos, la última que me regaló esperanza. Me puse mi pantalón de vestir y salí hacia la casa de Carmen. Mientras manejaba mi vieja camioneta por las calles de Guadalajara, pensaba en todos los cumpleaños que habíamos celebrado juntos.
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