Con el tiempo, el gesto cruzó al terreno de lo místico. En las culturas hispanas, lusitanas e italianas se le bautizó como «la higa», convirtiéndose en un amuleto infalible contra la envidia, las malas energías y el temido mal de ojo.
Durante generaciones, este símbolo se materializó en pequeñas figuras que la gente colgaba en pulseras, llaveros e incluso en las cunas de los recién nacidos para protegerlos de las malas intenciones. Era, literalmente, una barrera física contra la mala suerte.
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