Dentro de aquella caja sofocante, la palabra lujo se volvió un chiste cruel. Ya no había colchón grueso, ni aire acondicionado, ni cortinas elegantes, solo una estera delgada sobre el cemento frío, mosquitos, ratas correteando sobre su cabeza y el murmullo constante de vecinos, igual de desesperados. Doña Rosa, la mujer que antes vivía en salones de belleza y comidas de señoras bien, ahora se levantaba antes del amanecer, no para ir a hacer ejercicio ni a una reunión social, sino para lavar ropa ajena.
iba de casa en casa entre los vecinos de la colonia, ofreciendo sus servicios de lavado y planchado a gente que trabajaba en fábricas o en el mercado. Sus manos, que antaño solo sostenían tazas de porcelana y bolsos brillantes, se llenaron de callos y grietas por el agua fría y el detergente barato. Muchas veces lloraba escondidas mientras restregaba manchas de grasa en camisas que olían a sudor, preguntándose cómo había acabado convertida en sirvienta de aquellos a quienes antes habría mirado por encima del hombro.
Los vecinos no tuvieron piedad. Cuando el trabajo no quedaba perfecto, la regañaban sin contemplaciones. Sus quejas sobre la calidad del jabón solo lograban que se rieran de ella. Hugo, por su parte, sufrió un derrumbe aún más severo. Su título universitario, que solía exhibir como trofeo, ya no valía nada. Con la fama de deshonesto y de haber sido despedido por un empresario influyente, ninguna empresa quiso contratarlo, ni siquiera las más pequeñas. La puerta del mundo corporativo se había cerrado definitivamente.
Para poder comer se vio obligado a aceptar trabajos pesados en el mercado mayorista de la ciudad, cargando sacos de arroz, cajas de verduras y costales de cebolla que le destrozaban la espalda. Sus manos se llenaron de ampollas, su piel se oscureció bajo el sol y su cuerpo, antes mimado por la comodidad, se fue encorbando bajo la carga. Sus pies, antes calzados con zapatos impecables, terminaron metidos en sandalias de plástico casi rotas. A veces otros cargadores más fuertes lo empujaban o lo tumbaban al suelo riéndose de él.
Nadie allí sabía que alguna vez se había sentado detrás de un escritorio en una oficina con aire acondicionado. O, si lo sabían, no les importaba. Cada noche Hugo regresaba a la habitación con el cuerpo destrozado y unas pocas monedas y lejos de encontrar un lugar de descanso, lo esperaba una nueva batalla. Doña Rosa, incapaz de aceptar la vida que llevaba, lo atormentaba con reproches, lo llamaba inútil, lo culpaba por haber dejado escapar a una esposa rica y generosa como Clara.
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